jueves, 23 de febrero de 2012

Manuel Manía

A un fondo vacío, a un receptor mudo, a quien van a parar estas notas.
Afuera hay sol, aquí dentro nubes que amenazan con romperse estrepitosas, ante cualquier grito o llanto.
Un caballero apuntando una dama, libros leídos a mucha prisa, abrazos cansados, risas que resuenan en el propio eco del vacío.
Afuera hay viento, el sol se esconde tras una nube y sale de nuevo riendo burlón, de que otra forma sería, si me esta mirando justo a mí, que más querría que burlarse de mi suerte.

Soy un mendigo, y en un vaso de papel nadie alcanza a ponerme toda la vehemencia que necesito para recuperar mi cuerpo y hacerlo mío o, entregárselo sin recelo a cualquier postor dispuesto a saldar la cuota de arrojo que esta reclamando. Pero antes de apretar uno, debo tomar lo otro, estrujarlo en un abrazo meloso, saborearlo y luego, apoderarme de lo otro, aquello será fácil es un buen cuerpo. Cicatrices hay, claro, con 40 años cicatrices ha de haber, pero no se notan en la piel tan blanca de ese cuerpo, liso como un desierto. Claro que también hay un abismo y allí jamás tuve gobierno, se esconde una masa oscura y yo no se que es, un conejo sin orejas, desconozco su nombre, otro mendigo que en vez de ojos tiene dos huecos, si lo miras de frente podes caer y entonces Alicia y el agujero serán solo una parábola.
Después de las descripciones de mi caso, y eso solo para que se apenen, tengo que poner en marcha mi plan, conquistar mis deseos y, cumplir mi destino. Mi destino no son un par de cartas que juego como mejor puedo como dice la chilena, mi destino es un camino enrevesado, lleno de pozos y cambrón.
Y la meta difusa, opaca y errática.

................................................................................................ 1ª parte.
Laura Avellaneda.